Padre Manuel Rodríguez: Hoy más que nunca necesitamos vivir con esperanza y no tener miedo mostrar nuestra fe

Posted On 18 Aug 2025
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Por Víctor R. AGUILAR.- En el marco de la peregrinación al Santuario de los Mártires Canadienses, en Midland, Ontario, el Padre Manuel Francisco Rodríguez, de los Heraldos del Evangelio, ofreció una conferencia espiritual con  el tema “Peregrinos en la Esperanza con María”, un mensaje lleno de consuelo, fortaleza y visión sobrenatural, en un momento en el que la humanidad vive combates espirituales, crisis familiares y una cultura dominada por el materialismo.

Desde el inicio, el Padre Manuel subrayó la importancia del lugar sagrado donde nos encontrábamos: “Estamos beneficiados al estar aquí. Estamos muy cerca del cielo en este lugar santo”, afirmó. En medio de ese ambiente de gracia, convocó a renovar nuestra confianza y esperanza en Dios y en la Virgen María, recordándonos que el Jubileo de la Esperanza no es simplemente una celebración, sino una ocasión para recibir fuerza espiritual en medio de los combates del día a día: dificultades en el trabajo, tensiones familiares, conflictos con los vecinos y el peso del mal que reina en muchas partes del mundo.

Con claridad, indicó que una de las virtudes más difíciles de practicar hoy en día es la confianza. Por eso, cuando el Padre Artur, también de los Heraldos del Evangelio y encargado de la casa en Toronto, lo invitó a compartir esta reflexión, se sintió especialmente motivado al ver el tema central: la Esperanza y María. “Quise renovar esa confianza en el poder que María tiene, y de esa manera estar preparados para enfrentar todo lo que se presente”, expresó.

El mal parece tener la delantera en el mundo, añadió, y muchas cosas parecen confabular para destruir lo espiritual, lo sagrado, lo bueno. Se vive como dentro de una “trituradora espiritual” donde reina el consumismo y una vida puramente material. Pero, ¿cómo tener certeza de que Dios va a actuar?

El Padre Manuel respondió con las promesas y profecías de la Virgen María, particularmente aquellas reveladas en Fátima. “Ahí hay una promesa de victoria impresionante, cuando ella dijo: ‘Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará’. Es un triunfo que no tiene condiciones. El enemigo queda sin capacidad de volver a hacer el mal.” En esta victoria, remarcó, la Virgen cumple lo anunciado en el Apocalipsis y en el Génesis: aplasta la cabeza del demonio. María, Madre de Jesús, tiene poder para derrotar al enemigo, y es nuestra aliada en la batalla espiritual.

Además de las promesas, el Padre Manuel nos recordó la fidelidad histórica de Dios. A lo largo de la historia del pueblo de Israel, aun cuando este fue infiel a la Alianza, Dios siempre envió a hombres y mujeres para restaurarla. Hoy, como entonces, vemos traiciones a la fe, confusión doctrinal, y falta de claridad para guiar al pueblo de Dios. Pero no debemos temer: así como Dios no abandonó a Israel, tampoco nos abandonará a nosotros. Él enviará gracias extraordinarias para restaurar lo que parece perdido.

El Padre Manuel compartió también su asombro ante la hermosa naturaleza canadiense, resaltando cómo Dios no hace nada en vano, y que si cada hoja de árbol es única, ¡cuánto más lo será cada alma! Cada uno de nosotros ha sido creado con amor único y llamado a la santidad, a ser portadores de Jesucristo y llevar esperanza a un mundo que la ha perdido.

En este sentido, trajo a colación los libros de los Macabeos, situándonos en una época difícil del pueblo de Israel, poco antes de la anunciación del Angel Gabriel. Israel había sido conquistado por el imperio de Alejandro Magno, y su sucesor, Antíoco Epífanes, un gobernante soberbio y perverso, quiso destruir la fe judía, imponer el paganismo y colocar estatuas falsas en el mismísimo Templo de Jerusalén. Inspirado por el demonio, Epífanes fue instrumento de Satanás para arrancar la esperanza del corazón del pueblo.

Sin embargo, el pueblo de fe resistió. El sacerdote Eliazar murió por negarse a comer carne prohibida; Matatías, padre de los Macabeos, defendió con coraje la fidelidad a Dios. La victoria vino por unos pocos que mantuvieron viva la fe y la esperanza, mientras la mayoría se dejaba arrastrar por la desesperanza y la indiferencia.

El Padre Manuel hizo una clara comparación con nuestra época actual: vivimos algo muy similar. El mundo hoy, como entonces, busca destruir la inocencia, infiltrar el veneno de la inmoralidad y alejar incluso a los niños de Dios. Y como en el pasado, la victoria de Dios y de la Virgen vendrá, pero requiere nuestra cooperación. “Convertíos”, nos dice María. Eso es lo que están haciendo ustedes al venir aquí: buscando el perdón, confiando en el Señor.

Cada pequeño acto hecho con amor cuenta: cocinar con amor, trabajar con amor, hablar con caridad. Esos actos cotidianos, hechos al estilo de María en Nazaret, acercan el triunfo de Dios en el mundo.

El Padre Manuel aseguró que la Virgen ha conquistado gracias para los débiles en la fe, para contrarrestar la maldad que intoxica a los jóvenes y niños, alejándolos de Dios. “La Virgen es el más perfecto templo de la Santísima Trinidad”, dijo con énfasis, y esa santidad puede dárnosla a cada uno si la pedimos. Renovar nuestro bautismo significa vivir como hijos de Dios y herederos del Cielo, seguros de que un día veremos a Dios cara a cara. Esa es la primera gracia mariana: el don de la inocencia que nos encamina hacia la eternidad.

Al finalizar, exhortó a no tener miedo. “Nunca tengan miedo de ser católicos, de mostrar su fe”, insistió. Justo en los ambientes más hostiles, mostrar la fe tiene más impacto. Llevar el rosario, la Medalla Milagrosa, hablar de Dios sin temor, puede conmover corazones, incluso salvar un alma. Y si logran salvar un alma, eso ya es una gran victoria.

Nuestra principal batalla hoy es practicar la virtud de la esperanza”, concluyó. Una esperanza que elimina cualquier duda sobre la victoria del bien. Dios habla hoy para darnos esa confianza total: la certeza de que la victoria vendrá. Y esa certeza está firmemente anclada en la bondad de María y su deseo de interceder por nosotros. No lo duden.

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