La humildad es el camino verdadero, donde no hay lugar para la soberbia ni el protagonismo

Posted On 01 Sep 2025
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Por Víctor R. AGUILAR.- El  pasado domingo, la comunidad hispana de Toronto se congregó en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe para celebrar la Santa Misa, presidida por el padre Edgar Romero. La liturgia estuvo centrada en el Evangelio de San Lucas 14, 1. 7-14, donde Jesús, con la claridad que lo caracteriza, ofrece una enseñanza profunda sobre la humildad y la generosidad desinteresada.

El padre Edgar Romero, al iniciar su homilía, no dudó en destacar que “hoy la Palabra de Dios nos habla de la humildad, y eso es una de las cosas más importantes en la vida del cristiano, pero también una de las más difíciles de vivir”. Para ilustrar esta dificultad, citó al cantautor católico mexicano Martín Valverde, quien en una de sus canciones canta: “¡Ay, cómo duele ser humilde! ¡Ay, cómo duele ser así! Incomprendido por aquellos que no entienden, que no saben ni comprenden este don en mí. Con estas palabras, el padre Edgar introdujo la idea de que la humildad, a pesar de ser reconocida como una virtud esencial, es una práctica que duele, que cuesta, que exige ir en contra de las tendencias humanas más comunes.

La humildad no es común”, afirmó, “es como un trébol de cuatro hojas, bien raro”. Aunque todos reconocemos su valor, añadió, muchas veces adolecemos de ella, porque en nuestra naturaleza está el deseo de sobresalir, de buscar reconocimiento, de figurar. “¿A quién no le gusta que lo sirvan?”, preguntó el padre, “¿a quién no le gusta cuando va al estadio y hay una cola de 500 personas y le dicen: ‘Pase usted adelante’?”.

Este deseo de privilegios, explicó, es precisamente lo que Jesús confronta en el Evangelio cuando aconseja no buscar los primeros puestos, sino sentarse en los últimos lugares. Quien se humilla será exaltado, y quien se exalta será humillado. Una lógica divina que va en contra de la lógica del mundo.

El padre Edgar insistió que la humildad requiere un esfuerzo consciente, una batalla interna contra el orgullo, la vanidad y la necesidad de aprobación. “Es difícil ser humilde, hermanos”, repitió con sinceridad. Sin embargo, también afirmó que esta virtud no es solo una opción, sino una necesidad. “La falta de humildad es fuente de muchos problemas en nuestras vidas: en el hogar, en la pareja, en el trabajo, incluso dentro de la Iglesia”.

Con ejemplos concretos, explicó cómo la competencia malsana y el deseo de poder generan conflictos en todos los ámbitos. “Todo el mundo quiere ser manager, director, estar arriba. Y para lograrlo, algunos están dispuestos a hacer lo que sea. Esto se ve claramente en la política, cuando se acercan las elecciones: empieza la guerra sucia, sacar trapos del otro para posicionarse mejor. ¿Por qué? Porque todos quieren el poder”.

Además, advirtió sobre el orgullo y la soberbia como herramientas que el demonio utiliza para sembrar división dentro de nuestras comunidades. En este contexto, trajo a colación las palabras de San Agustín, quien dijo: Quisiera que te sometieras con toda tu piedad a Dios y no buscaras otro camino que el que ha sido garantizado por Jesucristo: ese camino es primero la humildad, segundo la humildad y tercero la humildad. El padre Edgar recalcó que sin humildad, nuestras buenas obras pueden ser destruidas por el orgullo. “Aunque hagamos cosas muy buenas –citó de San Agustín– si la humildad no va adelante, ni acompaña, ni sigue nuestras acciones, el orgullo nos arrebatará todo”.

Otro momento conmovedor fue cuando el padre mostró una pequeña cruz franciscana, conocida como la “Tau”, y habló de San Francisco de Asís como modelo de humildad radical. San Francisco eligió estar entre los últimos, no por desprecio de sí mismo, sino por amor a Jesús, quien también se hizo servidor. “Estamos aquí para servir”, dijo el padre, “no para buscar reconocimientos, sino para permanecer al lado de Jesús, entre los últimos, entre los que no buscan honores”.

Al concluir su homilía, el padre Edgar fue claro y directo: “Si en tu vida quieres tener paz, gozo y alcanzar la verdadera felicidad, debes avanzar en este camino. Pero si en tu corazón habita el orgullo, el deseo de fama y de estar por encima de los demás, bájate de ese camino, hermano. Deja de andar en esa dirección”.

La humildad, concluyó, no se trata de menospreciarnos, sino de reconocernos como somos: pequeños, limitados, pero profundamente amados por Dios. Es en esa conciencia donde nace una verdadera valoración de nosotros mismos y de los demás. Es desde ahí que podemos construir relaciones sanas, comunidades unidas y una vida verdaderamente cristiana.

Este mensaje, compartido con sencillez, firmeza y profundo contenido espiritual, dejó huella en los corazones de los fieles presentes. En un mundo que constantemente nos empuja a sobresalir, competir y figurar, la invitación del padre Edgar a caminar en la humildad es un eco fiel del Evangelio, y una guía clara para quienes desean seguir auténticamente a Jesús.

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