No temas tomar contigo a María
Padre Ricardo MENDOZA.- Pues así como hemos iniciado nuestro camino de Adviento, nos encontramos ya muy cerca del culmen de la Navidad. La Iglesia nos ha ido conduciendo paso a paso: el primer domingo nos habló de la esperanza; el segundo, de la conversión; el tercero, de la alegría, el Domingo de Gaudete. Y hoy, en este tramo final, nos propone fijar la mirada en la Virgen María, nuestra Madre.
Meditar sobre María es siempre volver a lo esencial. Pero, de modo particular, quisiera centrar esta reflexión en las palabras que el ángel dirige a san José, aquel hombre justo que no quería poner en evidencia a María. El ángel le dice: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo» (Mt 1,20).
¿Qué nos quiere decir hoy este texto?
Nos invita también a nosotros a no tener miedo: a no temer abrir las puertas de nuestro hogar y las puertas de nuestro corazón a la Virgen María; a decirle con sencillez: “Eres bienvenida”. Abrir la puerta a María es abrirla a Jesús, al pequeño Jesús que ella lleva consigo.
No tengamos miedo de acogerlos como huéspedes privilegiados. María llega siempre como Madre. Y una madre da a luz, cuida, educa, defiende, protege y acompaña. Pensemos por un momento en aquellos últimos días de María antes del nacimiento de su Hijo: llevaba en su seno al Salvador, a su Señor, y al mismo tiempo a su Hijo Jesucristo.
Detengámonos en ella y acudamos a ella. María dio a luz a Jesús, lo cuidó, lo educó, lo protegió y lo acompañó a lo largo de toda su vida, incluso hasta el momento de la cruz. Ella estuvo allí, fiel, como lo estuvo al darle la bienvenida a este mundo.
Todo esto brota del amor. Como nos recuerda el Evangelio: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único» (Jn 3,16). Y si algo mueve nuestra fe, nuestra devoción a Dios y a la Virgen, es precisamente el amor.
El papa san Pablo VI enseñaba que la verdadera devoción a la Virgen —y también a san José y a los santos— debe traducirse en imitación. A ejemplo de María, también nosotros podemos cuidar, educar, defender y acompañar. No estamos solos.
La Virgen María quiere hospedarse en nuestra vida; Jesús quiere habitar en nuestro hogar. Acudamos a ellos para que nos protejan y nos bendigan, y para que sean siempre los huéspedes privilegiados de nuestra casa y de nuestro corazón. “No temas tomar contigo a María”.
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