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Nos acercamos al momento más decisivo de la historia: la pasión, crucifixión y muerte de Jesucristo.
Padre Ricardo MENDOZA GARCIA.- Hoy el Evangelio nos presenta a Jesús en Betania, en casa de sus amigos Marta, María y Lázaro, a quien amaba profundamente (cf. Jn 11,5). Allí contemplamos el corazón de Cristo, lleno de amor, porque “tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único” (Jn 3,16).Betania es imagen de un hogar de amistad, de acogida y de paz. Sin embargo, en esta ocasión, Jesús llega y se encuentra con el dolor: Lázaro ha muerto y lleva ya varios días en el sepulcro (cf. Jn 11,17.39). Ante esta realidad, el Señor revela una verdad central de nuestra fe: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá” (Jn 11,25).
Nosotros creemos en la resurrección de los muertos, en la vida eterna del cuerpo y del alma; no en la reencarnación. Nuestra esperanza va más allá de este mundo, porque “nuestra ciudadanía está en los cielos” (cf. Flp 3,20). Jesús, al contemplar la tumba de su amigo, se conmueve profundamente y llora (cf. Jn 11,35).
Dios no es indiferente a nuestro sufrimiento; lo hace suyo. Y luego pronuncia una palabra que cambia todo: “¡Lázaro, sal!” (Jn 11,43). Esa misma voz sigue resonando hoy. También nosotros, en ocasiones, podemos sentirnos encerrados en sepulcros: el pecado, la culpa, el desánimo o la desesperanza.
A veces pensamos que Dios ya no puede perdonarnos, pero el verdadero obstáculo no es su misericordia, sino nuestra falta de confianza. Cristo siempre está dispuesto a perdonar, a levantar, a liberar. Él puede desatar las cadenas que nos atan, aun cuando parezcan antiguas o muy pesadas. Y no solo por nosotros: también cuando pensamos que alguien más está perdido, el Señor nos recuerda que nunca es tarde.
Donde parece haber muerte, Él puede hacer brotar la vida. Porque quien devolvió la vida a Lázaro, puede también renovar la nuestra. Cristo es “la luz del mundo” (Jn 8,12). Así como dio la vista al ciego y la vida a su amigo, también quiere sacarnos del sepulcro del pecado y conducirnos a la vida plena. Acerquémonos a Él con confianza, para darle gracias por su amor infinito y su misericordia sin medida.
Señor Jesús, Tú que sanas y vendas nuestras heridas (cf. Sal 147,3), no nos abandones en la oscuridad. Aun cuando todo parezca perdido, confiamos en que permaneces con nosotros y nos conduces a la vida. Amén.
