Humildad que abre el corazón al perdón
Padre Ricardo MENDOZA GARCIA.- Este Evangelio continúa la enseñanza de Jesús sobre la verdadera justicia ante Dios. Una vez más, el Señor expone una parábola “para algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás” (Lc 18,9). En ella presenta a dos hombres que suben al templo a orar: un fariseo y un publicano. El fariseo, de pie, ora en su interior diciendo: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres” (Lc 18,11). En cambio, el publicano, manteniéndose a distancia, “no se atrevía ni siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: ‘Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador’” (Lc 18,13).
Como cristianos, también nosotros corremos el riesgo de caer en la actitud del fariseo: creer que nuestra práctica religiosa nos hace mejores que los demás. Podemos pensar: “Yo cumplo los mandamientos, voy a misa, no robo, no mato…” y, sin darnos cuenta, mirar a los demás desde un pedestal de soberbia.
Por el contrario, el publicano nos enseña la humildad del corazón contrito. Reconoce su pecado y confía en la misericordia de Dios. Jesús concluye: “Les digo que este bajó a su casa justificado, y no aquel” (Lc 18,14).
Esa misma actitud de arrepentimiento sincero es la que nos acerca al sacramento de la Reconciliación.
Quien se confiesa con humildad obtiene el perdón de Dios y se reconcilia con la Iglesia. Es el sacramento de la conversión y de la paz del alma. Al recibirlo, recuperamos la gracia santificante, la amistad con Dios y el consuelo interior; se nos perdona el castigo eterno merecido por el pecado, se alivia la culpa y se fortalece el corazón para amar mejor.
Confesarse con frecuencia no es solo una obligación, sino una oportunidad para sanar el alma, renovar la vida y disponerse dignamente a recibir a Cristo en la Eucaristía. Pidamos a la Virgen María que nos ayude a hacer un buen examen de conciencia cada día, para ofrecer a Dios un corazón puro, humilde y arrepentido, abierto siempre a su misericordia.
