Corregir con amor: un llamado a la humildad y a la verdadera misericordia

SOMOS TORONTO / 6 de septiembre de 2026. – En la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, en la ciudad de Toronto, el párroco, padre Edgar Romero López, celebró la misa dominical y, durante su homilía, invitó a la comunidad a reflexionar sobre el Evangelio según San Mateo 18, 15-20, que presenta una enseñanza fundamental para la vida cristiana: la corrección fraterna.

El Evangelio nos recuerda que, cuando un hermano comete una falta, no debemos permanecer indiferentes ni actuar movidos por el enojo, el resentimiento o el deseo de hacer daño. Jesús propone acercarnos a esa persona, hablar con ella en privado y ayudarla a reconocer su error. Si no escucha, se puede recurrir a otras personas y, cuando sea necesario, a la comunidad. De esta manera, la corrección se convierte en un acto de amor y no en una forma de condenar o humillar al otro.

Al comenzar su reflexión, el padre Edgar señaló que muchas de las cosas fundamentales de la vida cristiana debieron aprenderse desde el catecismo, pero que, con el paso del tiempo, podemos olvidarlas o dejar de ponerlas en práctica. Por eso, consideró importante volver a lo básico y preguntarnos cuánto conocemos y vivimos realmente nuestra fe.

“¿Se acuerdan ustedes de los Diez Mandamientos?”, preguntó el sacerdote a los fieles, recordando que también la segunda lectura hacía referencia a ellos. Para el padre Edgar, la vida cristiana no debe verse necesariamente como algo complicado. Muchas veces, para comenzar a ser buenos cristianos, es necesario regresar a las cosas sencillas: repasar los Diez Mandamientos, conocer los sacramentos, recordar las virtudes teologales —fe, esperanza y caridad—, reconocer los pecados capitales y las virtudes que ayudan a combatirlos, así como conocer y practicar las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales.

Entre esas obras de misericordia recordó acciones tan concretas como visitar a los enfermos, dar de comer al hambriento y enterrar a nuestros difuntos. Son gestos que muestran que la fe no consiste solamente en asistir a la iglesia o conocer las enseñanzas religiosas, sino en llevarlas a la vida diaria y convertirlas en acciones concretas de amor hacia los demás.

En ese contexto, el sacerdote explicó que el Evangelio de este domingo habla de la necesidad de corregir a quien está en el error. Ser misericordioso, aclaró, no significa simplemente pasar por alto todo lo que una persona hace mal. También significa ayudarla a reconocer aquello que necesita cambiar. En un lenguaje sencillo, dijo que “a veces hace falta que nos den un jalón de orejas”.

Recibir una corrección no siempre es agradable, pero cuando alguien nos corrige de buena manera, con sinceridad y buscando nuestro bien, esa corrección puede ayudarnos enormemente. Muchas veces necesitamos que otra persona nos haga ver algo que nosotros mismos no somos capaces de reconocer.

El padre Edgar relacionó esta enseñanza con la primera lectura, en la que Dios le dice al profeta Ezequiel: “Hoy te constituyo centinela de este pueblo”. Explicó que el centinela es aquel que vigila y advierte del peligro. Ezequiel recibe la misión de advertir al que está viviendo en el pecado para que pueda abandonar ese camino y no muera en su maldad. La corrección, por tanto, busca sacar a la persona de la oscuridad y ayudarla a encontrar nuevamente la luz.

No se trata de señalar al otro para condenarlo, sino de advertirle para que tenga la oportunidad de cambiar. Es un acto que busca la salvación y no la destrucción de la persona.

Sin embargo, corregir no es fácil. El sacerdote recordó el conocido episodio bíblico del rey David. David cometió una falta muy grave al quedarse con Betsabé, una mujer casada, cuyo esposo era Urías. Pero su pecado fue todavía mayor, porque ordenó que Urías fuera enviado a una situación en la que terminara muriendo.

En aquella época, enfrentarse al rey podía tener consecuencias muy graves. Sin embargo, Dios envió al profeta Natán para corregir a David. El padre Edgar destacó la sabiduría con la que Natán cumplió esta difícil misión. No llegó a la casa del rey insultándolo ni acusándolo directamente. En cambio, utilizó una historia para ayudarle a reconocer por sí mismo la gravedad de su conducta.

Natán le contó que había un hombre muy rico que poseía trescientas ovejas y que tenía como vecino a un hombre pobre que solamente tenía una. Cuando el hombre rico organizó un banquete, en lugar de tomar una de sus numerosas ovejas, decidió robarle al hombre pobre la única que tenía.

David, indignado ante aquella injusticia, preguntó quién era ese hombre para castigarlo. Entonces Natán pronunció una frase que hizo que el rey se enfrentara con su propia realidad: “Ese hombre eres tú”.

Ahí se produjo la corrección. Natán no estaba buscando destruir a David, sino ayudarlo a reconocer el pecado que había cometido. Y David, al comprender su error, se arrepintió. De esa experiencia nace la profunda oración expresada en el Salmo 50: “Misericordia, Dios mío”, una súplica de quien reconoce su pecado y pide a Dios la oportunidad de cambiar.

El padre Edgar explicó que Dios no envió al profeta Natán porque odiara a David. Lo envió precisamente porque quería que David se diera cuenta del mal que había cometido, cambiara su corazón y no volviera a cometerlo. La corrección, entonces, puede convertirse en una oportunidad de conversión.

Pero aceptar una corrección tampoco es sencillo. El padre Edgar recordó que ninguno de nosotros puede considerarse perfecto. Todos, en algún momento, hemos cometido errores y todos tenemos aspectos de nuestra vida que necesitan ser corregidos. Por eso, el Evangelio de hoy es una invitación tanto a saber corregir como a saber aceptar la corrección.

Para ello necesitamos un corazón humilde. Debemos preguntarnos si somos capaces de escuchar cuando alguien nos señala un error, sin reaccionar inmediatamente con enojo, orgullo o rechazo. La humildad nos permite reconocer que podemos equivocarnos y que, en determinadas ocasiones, necesitamos que alguien nos ayude a ver aquello que no estamos viendo.

Pero también existe una responsabilidad para quien corrige. No basta con tener la razón; es necesario saber cómo corregir. Una corrección hecha desde la rabia, el odio, el resentimiento, la venganza o el deseo de destruir al otro deja de ser una verdadera corrección fraterna.

El padre Edgar insistió en que debemos corregir desde el amor, con humildad, sin ofender, sin humillar y sin atacar. No debemos hacerlo desde un sentimiento de superioridad, como si fuéramos mejores que los demás, como si nunca hubiéramos cometido errores o como si fuéramos perfectos.

La verdadera corrección nace del deseo de ayudar al prójimo. Quien corrige debe hacerlo pensando en el bien de la otra persona y no en demostrar que tiene la razón.

También hizo una importante reflexión sobre la manera en que se realizan las correcciones. La corrección fraterna debe hacerse cara a cara. No debe convertirse en un mensaje enviado por teléfono, por WhatsApp o en una acusación anónima. Cuando se pretende ayudar a alguien a corregir una conducta, es necesario dar la cara y hablar directamente con la persona.

Además, es fundamental tener certeza de aquello que se está diciendo. No podemos corregir a alguien basándonos en rumores o en comentarios de terceros. Decir “me dijeron que tú hiciste esto o aquello” sin conocer la verdad puede convertirse simplemente en chisme. La corrección exige responsabilidad, sinceridad y valentía.

Por eso, quien va a corregir debe estar seguro de lo que está diciendo, hablar directamente con la persona y hacerlo sin miedo, pero también sin agresividad. Esa es parte de la verdadera corrección fraterna: tener un corazón humilde tanto para corregir como para aceptar que nos corrijan.

La reflexión del padre Edgar nos recuerda, en definitiva, que corregir también puede ser una forma de amar. A nadie le gusta que le señalen sus errores, y muchas veces tampoco resulta fácil reconocer que estamos haciendo algo mal. Sin embargo, aceptar la corrección puede ser el primer paso para cambiar, enmendar nuestros errores y recuperar el camino correcto.

De la misma manera, cuando nos corresponde corregir a alguien, debemos preguntarnos primero desde dónde lo estamos haciendo. Si lo hacemos desde el odio, el orgullo o el deseo de hacer daño, nuestra acción difícilmente podrá llamarse fraterna. Pero si lo hacemos desde la humildad, el respeto y el amor, podemos convertir nuestras palabras en una oportunidad para que otra persona salga de la oscuridad y vuelva a encontrar la luz.

La enseñanza de este domingo es, por tanto, sencilla pero profunda: todos necesitamos ser corregidos en algún momento de nuestra vida, y todos debemos aprender a corregir con amor. No se trata de señalar culpables ni de sentirnos superiores, sino de ayudarnos mutuamente a crecer en la fe y en la vida cristiana.

DATOS:

La parroquia Nuestra Señora de Guadalupe en Toronto, es una parroquia católica que se encuentra ubicada en el 694 Weston Road. Única dentro de las parroquias canadienses porque las celebraciones y servicios son completamente en idioma español.

Los domingos hay cuatro misas en español: 8:00am, 10:00am, 12:00pm y 1:45pm. La de las 5:00pm., es en inglés. Misas dentro de semana, Jueves (7:00pm), Viernes (7:00pm) y del Sábado que también es válida por el domingo  (6:00pm).

INFORMACION: (416) 767-8658.

EMAIL: olgpoffice@guadalupetoronto.com

About the Author

Déjenos sus comentarios

*