La Humildad: El camino para recuperar la fe y vivir en paz

Posted On 24 Aug 2026
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Por Víctor R. AGUILAR.- En la Parroquia San Francisco de Asís de Toronto, el Padre Santiago Martín Rodríguez, sacerdote católico, escritor y periodista español y fundador de los Franciscanos de María, ofreció una profunda reflexión a partir de sus 47 años de sacerdocio y de su experiencia de acompañar a personas dentro y fuera de la Iglesia. Su recorrido pastoral le ha permitido conocer distintas realidades humanas y descubrir que, detrás de muchos de los problemas que enfrentamos como personas y también como Iglesia, existe una causa común: la falta de humildad.

El sacerdote planteó cuatro situaciones que pueden encontrarse entre los católicos y quienes se han alejado de la fe: quienes no creen en Dios; quienes alguna vez tuvieron fe pero se alejaron después de sufrir o sentirse decepcionados; quienes permanecen en la Iglesia pero no se identifican plenamente con su doctrina; y quienes cumplen con las prácticas religiosas, realizan buenas obras, pero corren el riesgo de caer en una actitud farisaica, sintiéndose superiores a los demás. Más que señalar a otros, esta clasificación invita a cada uno a mirarse interiormente y preguntarse en cuál de estas situaciones puede haberse encontrado en algún momento de su vida.

Para el Padre Santiago, la respuesta comienza con una virtud que muchas veces parece sencilla, pero que en realidad exige un profundo cambio interior: la humildad. Ser humilde significa reconocer que no somos Dios, que no lo sabemos todo y que necesitamos de El y también de los demás. Desde esta perspectiva, la humildad no es debilidad, sino una actitud que permite reconocer nuestros límites, aceptar el misterio y abrirnos a una verdad que va más allá de nuestros propios criterios.

Al hablar de quienes no tienen fe, el Padre Santiago distingue entre aquellos que rechazan conscientemente a Dios y quienes, aun siendo buenas personas, no logran comprender cómo puede existir un Dios detrás de la grandeza y complejidad del universo. Su propuesta parte de una pregunta sencilla, pero profunda: “¿Tú eres Dios?”. La respuesta es evidente: ninguno de nosotros lo es. Reconocerlo debería llevarnos a aceptar que no tenemos todas las respuestas y que existen realidades que superan nuestra capacidad de comprensión.

Esta reflexión también cuestiona los ídolos modernos ante los cuales el ser humano puede terminar arrodillándose sin darse cuenta. El dinero, el sexo, el placer, el poder, la fama o incluso las presiones sociales pueden ocupar el lugar que debería corresponder a Dios. Cuando una persona pierde principios firmes, corre el riesgo de dejarse llevar por aquello que está de moda o por lo que otros determinan que debe pensar, desear o aceptar. Para el Padre Santiago, creer en Dios significa también mantener una libertad interior que nos permita no someternos ciegamente a esos nuevos “dioses”.

Pero la reflexión adquiere una dimensión todavía más cercana cuando habla de quienes alguna vez tuvieron fe y se alejaron. Muchas personas han vivido situaciones dolorosas: enfermedades, pérdidas, dificultades económicas, injusticias o experiencias que les hicieron preguntarse por qué Dios permite el sufrimiento. El Padre Santiago describe esta realidad como una “fe crucificada”: creemos que Dios nos ama, pero al mismo tiempo no entendemos por qué permite determinados acontecimientos dolorosos.

Precisamente allí aparece nuevamente la humildad. Reconocer que no somos Dios significa aceptar que no podemos comprenderlo todo. La fe no elimina automáticamente el dolor ni ofrece respuestas inmediatas para cada sufrimiento. Sin embargo, desde la humildad podemos aceptar que existen misterios que superan nuestra capacidad de entender. Esta actitud puede convertirse en una fuente de paz y fortaleza, incluso en medio de circunstancias difíciles.

El ejemplo más profundo de esta humildad, según la reflexión del Padre Santiago, es la Virgen María. Ella permaneció al pie de la cruz viendo sufrir, humillar y crucificar a su hijo. Frente a un misterio que no podía comprender, no respondió con soberbia ni exigió explicaciones. Su vida estuvo marcada por una actitud de entrega y aceptación del misterio. Por eso María aparece como modelo de una fe humilde, capaz de permanecer incluso cuando no existen respuestas fáciles.

El sacerdote también abordó la confusión que, según su reflexión, existe actualmente dentro de la Iglesia en asuntos relacionados con la doctrina, la liturgia y especialmente la moral. Las diferentes posiciones que pueden encontrarse entre obispos, sacerdotes y comunidades pueden generar desconcierto entre los fieles. Para el Padre Santiago, detrás de esa confusión vuelve a aparecer el mismo problema: la soberbia. Por eso insiste en una idea central que atraviesa toda su charla: el problema comienza con la soberbia y la solución comienza con la humildad.

Finalmente, el Padre Santiago dirige su atención a quienes se consideran “buenos” católicos. Aquí aparece el peligro del fariseísmo. Jesús lo explica en la parábola del fariseo y el publicano: mientras el fariseo presume de sus buenas obras, el publicano reconoce humildemente su necesidad de perdón, y es este último quien encuentra el favor de Dios. El peligro del fariseísmo consiste precisamente en hacer cosas buenas y, a partir de ellas, comenzar a sentirse superior a los demás.

La verdadera humildad, entonces, no consiste en negar el bien que hacemos, sino en reconocer de dónde proviene. Si ayudamos, servimos, participamos en la Iglesia o procuramos vivir correctamente, no deberíamos utilizar esas acciones para compararnos con los demás. La actitud correcta es reconocer que todo bien recibido es también un don y que, sin Dios, nuestras propias fuerzas son insuficientes.

La reflexión del Padre Santiago deja así un mensaje que puede tocar tanto al creyente como al que se encuentra alejado de la fe: la humildad comienza cuando reconocemos que no somos Dios, que no lo sabemos todo y que necesitamos abrirnos a Él. No se trata de tener respuestas para cada pregunta, sino de mantener un corazón dispuesto a buscar, aprender, reconocer los propios errores y aceptar el misterio. En una época marcada por la polarización, la confusión y la necesidad constante de tener la razón, recuperar la humildad puede ser uno de los caminos más importantes para vivir con mayor libertad, paz y esperanza.

Más que una invitación a juzgar a quienes están lejos de la Iglesia, la charla puede entenderse como una llamada a examinarnos personalmente. Todos podemos atravesar momentos de duda, dolor, confusión o incluso soberbia. Por eso, antes de preguntarnos qué está mal en los demás, quizá la pregunta más importante sea qué necesita cambiar dentro de nosotros. Y, como propone el Padre Santiago, ese cambio puede comenzar con una sencilla pero profunda verdad: yo no soy Dios. Reconocerlo no nos hace menos; al contrario, puede abrirnos al encuentro con Dios, con los demás y con la realidad de nuestra propia vida.

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