Padre Miguel Segura: “Dios nos perdona, pero el problema es que nosotros no perdonamos”

Posted On 13 Sep 2026
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SOMOS TORONTO.- La celebración de la Santa Misa de este domingo 13 de septiembre de 2026, en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe de Toronto, tuvo como celebrante al padre Miguel Segura Blay, quien se encuentra de visita en esta comunidad procedente de Valencia, España. A través de las lecturas y, especialmente, del Evangelio según San Mateo 18, 21-35, el sacerdote invitó a los fieles a mirar hacia el interior del corazón y preguntarse con sinceridad cuánto hemos aprendido realmente a perdonar.

El Evangelio de este domingo nos presenta una de las enseñanzas más profundas de Jesús: el perdón no puede tener límites. Pedro pregunta al Señor cuántas veces debe perdonar a su hermano y Jesús responde que no solamente siete veces, sino “setenta veces siete”. Con esta expresión, Jesús no está dando una cifra para llevar una cuenta, sino enseñándonos que el verdadero perdón no debe convertirse en una lista de ofensas acumuladas. Debemos perdonar siempre, de corazón, de la misma manera que Dios perdona nuestras faltas.

El padre Miguel Segura comenzó su reflexión haciendo referencia a la Primera Lectura, tomada del libro del Eclesiástico, que advierte: “Cosas abominables son el rencor y la cólera; sin embargo, el pecador se aferra a ellas”. Estas palabras, señaló el sacerdote, vienen directamente a encontrarse con nuestra realidad. Porque podemos pensar que, por ser católicos, pertenecer a una parroquia y acudir a la celebración de la Eucaristía, ya estamos libres del rencor, de la cólera o de las dificultades para perdonar. Podemos incluso decir: “Padre, yo no tengo esos problemas. Yo amo a todos, amo a Dios, amo a mi enemigo, soy paciente y lo soporto todo”.

Pero el padre Miguel llevó a los presentes a una pregunta mucho más incómoda y realista: ¿de verdad es así?

Con un ejemplo cotidiano, hizo sonreír a la comunidad, pero también la llevó a reflexionar. Si alguien nos gana el lugar de estacionamiento que estábamos esperando, ¿realmente somos capaces de decirle con toda sinceridad “la paz sea contigo”? ¿O inmediatamente aparece dentro de nosotros el enojo, la molestia y el deseo de reclamar?

Ahí está precisamente el desafío del Evangelio. Hablar del perdón es fácil; vivirlo es otra cosa.

El padre Miguel recordó que perdonar siete veces siete veces, o “setenta veces siete”, nos cuesta muchísimo. Si una sola ofensa ya resulta difícil de superar, cuánto más cuando sentimos que alguien nos ha herido repetidamente. Muchas veces llevamos dentro la conocida frase: “El que me la hace, me la paga”. Y esa manera de pensar se convierte en una barrera que nos impide vivir el verdadero mensaje de Cristo.

El sacerdote llevó también esta reflexión al ámbito del matrimonio. Como sacerdotes, explicó, presiden muchas celebraciones matrimoniales y escuchan las promesas de los esposos de amarse en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y en las dificultades, durante todos los días de la vida. Y destacó especialmente esa respuesta: “Todos los días de mi vida”. En otras palabras, un amor que debe renovarse cada día, un amor que también necesita aprender a perdonar una y otra vez.

Sin embargo, después de casarse, muchas veces comienzan las quejas: “El problema es mi marido”, “el problema es mi mujer”, “ella no escucha”, “él hace lo que quiere”. Así, aquello que se prometió como amor para todos los días puede comenzar a convertirse en una lucha de reproches, resentimientos y condiciones.

Pero esta realidad no se limita al matrimonio. El padre Miguel señaló que también dentro de una comunidad parroquial pueden existir rencores. Podemos guardar “nuestras cositas”, acumular pequeñas heridas, pensar que un hermano es mejor que otro o considerar que determinado grupo es superior a otro. Incluso podemos llegar a minimizar al prójimo.

Por eso utilizó una comparación sencilla para que todos pudieran comprenderlo: todos somos del mismo papel. Nadie está por encima de los demás. Todos somos hijos de Dios, todos tenemos debilidades, todos necesitamos misericordia y todos necesitamos aprender a perdonar.

El sacerdote insistió en algo fundamental: para perdonar hay que decidir perdonar. No basta con esperar a que el sentimiento desaparezca por sí solo. El perdón también es una decisión. Es elegir no seguir alimentando el rencor, aunque la herida haya sido profunda.

La parábola del Evangelio adquiere aquí toda su fuerza. Jesús habla de un hombre que debía una cantidad enorme, millones de talentos, una deuda prácticamente imposible de pagar. El padre Miguel explicó que un talento representaba una cantidad extraordinaria de riqueza; imaginar millones de talentos permite comprender que aquella deuda era humanamente impagable.

Y esa imagen representa también nuestra relación con Dios. Nosotros no podemos pagar por nosotros mismos nuestros pecados. Por eso Dios, nuestro Padre, envió a Cristo para pagar por nuestros pecados. Uno por todos. Cristo entrega su vida por nosotros, y allí encontramos la medida del verdadero amor.

Como recordó el padre Miguel, “nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por otro”. Esa es la grandeza del amor cristiano: no quedarse solamente en las palabras, sino ser capaz de entregarse.

Dios es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad. Él perdona nuestras faltas y nos da constantemente la oportunidad de comenzar de nuevo. El problema, explicó el sacerdote, no está en que Dios no quiera perdonarnos; el problema está muchas veces en que nosotros no queremos perdonar a los demás.

La parábola muestra precisamente esa contradicción. El siervo recibió misericordia por una deuda inmensa, pero inmediatamente después fue incapaz de tener misericordia con quien le debía mucho menos. Había recibido el perdón, pero su corazón no había cambiado.

Y ahí aparece una de las grandes preguntas que dejó la reflexión del padre Miguel: ¿qué tiene que hacer el Señor para que nosotros podamos perdonar?

Porque llevamos una gran lista. Una ofensa detrás de otra. Una palabra que nos dolió, una persona que nos falló, alguien que nos hizo sentir menos, una injusticia que todavía recordamos. Vamos acumulando y guardando. Y, al mismo tiempo, somos capaces de decir: “Te doy gracias, Señor”.

El sacerdote recordó también al fariseo que decía: “Te doy gracias, Señor, porque yo no soy como estos bandidos”. Una oración que, en lugar de expresar humildad, termina convirtiéndose en una comparación con los demás. Y es fácil caer también nosotros en esa actitud: pensar que somos mejores, que tenemos más razón, que el otro es quien debe cambiar.

De la misma manera, podemos convertir el amor en una condición: “Si quieres que yo te ame, tienes que ser como yo quiero”. Pero el amor verdadero no funciona así. El cristiano está llamado a amar sin poner constantemente condiciones.

Con un tono cercano y cotidiano, el padre Miguel recordó también cómo somos capaces de utilizar expresiones cariñosas como “my sweet”, “my candy”, “my watermelon”, “my banana”, “mi amor”, especialmente cuando estamos intentando conquistar o agradar a alguien. Pero muchas veces, cuando pasa el tiempo y llega la convivencia diaria, ese lenguaje cambia y comienzan las quejas, las exigencias y las insatisfacciones. orque muchas veces nunca estamos satisfechos.

Frente a todo esto, el sacerdote recordó dónde se encuentra la verdadera felicidad. No está en conseguir que los demás sean exactamente como nosotros queremos. No está en tener siempre la razón. No está en acumular cosas ni en exigir que los demás cambien para hacernos felices.

La verdadera felicidad está en el amor de Dios.

Dios nos ama mucho más allá de lo que podemos imaginar. Nos ama como somos, incluso con nuestro egoísmo, nuestras faltas, nuestros pecados, nuestras heridas y nuestra incapacidad para perdonar. Dios conoce aquello que nosotros mismos no queremos reconocer y, aun así, nos ama.

Pero ese amor no está destinado a dejarnos igual. Dios nos ama para que podamos aprender a amar. Dios nos perdona para que aprendamos a perdonar. Dios transforma nuestro corazón para que dejemos atrás el corazón duro y egoísta.

El padre Miguel recordó también el desafío de Jesús de poner la otra mejilla ante quien nos golpea. Humanamente, nadie quiere recibir una bofetada y ofrecer la otra mejilla. Nuestra primera reacción es defendernos, responder y devolver el golpe. Sin embargo, precisamente ahí se encuentra la radicalidad del Evangelio: Jesús propone un camino diferente al de la venganza.

Perdonar no significa decir que el mal estuvo bien, ni negar el dolor causado. Tampoco significa que una injusticia deje de ser injusticia. Perdonar significa no permitir que el rencor termine gobernando nuestro corazón.

Por eso resulta tan significativa esa expresión que muchas veces pronunciamos: “Yo lo perdono, pero no lo olvido”. El padre Miguel invitó a mirar más profundamente esta actitud. Porque podemos decir que perdonamos mientras seguimos alimentando interiormente la misma herida, repitiendo la historia, recordando la ofensa y utilizando el pasado como una deuda que el otro nunca podrá terminar de pagar. Dios, en cambio, nos ofrece una misericordia que libera.

El Padre Miguel indica que nadie puede dar lo que no ha recibido, y nosotros hemos recibido de Dios un amor inmenso. Hemos recibido misericordia. Hemos recibido perdón. Hemos recibido una nueva oportunidad.

Ahora estamos llamados a transmitirlo. El padre Miguel Segura concluyó su reflexión recordando una verdad que puede resumir todo el mensaje de este domingo: Dios quiere saber cuánto hemos amado a aquellos que ha puesto en nuestro camino. No solamente cuánto hemos rezado, cuánto hemos asistido a Misa o cuánto sabemos de nuestra fe, sino cuánto hemos sido capaces de amar, comprender, tener paciencia y perdonar.

DATOS:

La parroquia Nuestra Señora de Guadalupe en Toronto, es una parroquia católica que se encuentra ubicada en el 694 Weston Road. Única dentro de las parroquias canadienses porque las celebraciones y servicios son completamente en idioma español.

Los domingos hay cuatro misas en español: 8:00am, 10:00am, 12:00pm y 1:45pm. La de las 5:00pm., es en inglés. Misas dentro de semana, Jueves (7:00pm), Viernes (7:00pm) y del Sábado que también es válida por el domingo  (6:00pm).

INFORMACION: (416) 767-8658.

EMAIL: olgpoffice@guadalupetoronto.com

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