Nazaret: escuela de amor y esperanza para nuestras familias
Padre Ricardo MENDOZA GARCIA.- En el marco de la Navidad, la liturgia de la Iglesia nos invita este fin de semana a contemplar a la Sagrada Familia. Al hacerlo, volvemos la mirada al núcleo fundamental de la sociedad: la familia. Como recuerda Familiaris Consortio, la familia es la célula primera y vital de la sociedad, llamada no solo a existir, sino a cumplir una misión irremplazable.
Los valores que sostienen a la familia no son normas externas impuestas desde fuera; brotan de su propia identidad. El primero es el amor, principio y vocación. El amor es la vocación fundamental e innata de todo ser humano, y la familia tiene la misión específica de custodiarlo, revelarlo y comunicarlo como reflejo del amor mismo de Dios.
Unido a esto está el valor de la comunión de personas. La familia es una comunidad íntima de vida y amor, donde se forja una unidad profunda entre los esposos y entre todos sus miembros, fundada en la igual dignidad del hombre y de la mujer. De esta comunión nace también el servicio a la vida: la familia coopera libre y responsablemente con Dios en la transmisión del don de la vida y en la educación integral de los hijos.
Para los creyentes, la familia es además una auténtica iglesia doméstica. En ella se aprende a creer, a orar y a vivir la fe. Es una comunidad que dialoga con Dios y participa en la misión salvadora de la Iglesia. No es casual que se diga: la familia que reza unida permanece unida.
Ciertamente, hoy las familias enfrentan sombras y grandes desafíos. Sin embargo, no caminamos sin luz. Tenemos como modelo a la Sagrada Familia de Jesús, María y José.
El Evangelio nos recuerda que Jesús “vivía sujeto a ellos” (Lc 2,51), santificando la vida familiar desde dentro. Como decía el Papa Benedicto XVI, lo esencial para un niño no son las comodidades, sino el amor que lo acoge. Jesús nació en la pobreza de un pesebre, pero fue envuelto por la ternura de María y José.
También nosotros, como Iglesia, somos familia: la familia de Dios, la familia parroquial. Vivamos imitando a la familia de Nazaret. Defendamos la familia, recemos por las familias —especialmente por las que sufren— y pidamos que el amor de Dios reine en sus corazones. Que la Sagrada Familia interceda por todos nosotros.
