Padre Edgar: “Para Dios todos somos moneditas de oro”

SOMOS TORONTO.- En la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, en la ciudad de Toronto, se celebró este domingo 18 de octubre de 2026 la Santa Misa, presidida por el padre Edgar Romero y acompañado por el diácono Carlos Retamales. Fue una celebración marcada por un mensaje profundo sobre la dignidad de cada ser humano, el amor de Dios por sus hijos y el llamado a reconocer que, por encima de todo lo que poseemos o hacemos, pertenecemos a Dios.

Al inicio de la celebración, el padre Edgar destacó de manera especial la presencia de los niños de la Infancia Misionera, quienes ingresaron al templo portando los estandartes de los cinco continentes y de los misioneros. El sacerdote invitó a toda la comunidad a dar gracias a Dios por este maravilloso regalo que representa la Infancia Misionera, la familia misionera y todos los misioneros que, alrededor del mundo, llevan la buena noticia a todos los rincones de los cinco continentes.

“Hoy es el día de la Infancia Misionera”, recordó el padre Edgar, haciendo un llamado a orar por todos sus integrantes y por quienes tienen la misión de anunciar el Evangelio en diferentes lugares del mundo. Asimismo, pidió a la comunidad continuar orando por la salud del Santo Padre León XIV.

El Evangelio proclamado correspondió a San Mateo 22, 15-21. En este pasaje, los fariseos intentan poner a prueba a Jesús preguntándole si es lícito pagar el tributo al César. Jesús, conociendo sus intenciones, les pide una moneda y les pregunta de quién es la imagen y la inscripción que aparecen en ella. Al responder que pertenecen al César, Jesús les dice: “Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

Esta frase, tan conocida por todos nosotros, fue el punto de partida de la reflexión del padre Edgar. “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” es una expresión que solemos utilizar para referirnos a nuestras responsabilidades civiles y religiosas. Por una parte, tenemos el deber y la obligación de cumplir nuestras responsabilidades como ciudadanos: votar en las elecciones, participar en ellas, cumplir nuestros compromisos, pagar nuestros impuestos, respetar las leyes y cumplir con nuestros deberes. Y, por otra parte, está lo que corresponde a Dios: la alabanza, la oración y nuestra relación con El.

Sin embargo, el sacerdote explicó que las palabras de Jesús contienen un mensaje mucho más profundo. La moneda llevaba una imagen. En Canadá, por ejemplo, las monedas han llevado la imagen de la reina Isabel, quien ya falleció, pero cuya imagen continúa apareciendo en las monedas. De igual manera, en nuestros países las monedas pueden llevar la imagen de algún personaje ilustre, de un gobernante o de una figura representativa.

Entonces surge una pregunta fundamental: ¿hay algo que también tenga una imagen especialmente importante? La respuesta, explicó el padre Edgar, somos nosotros mismos.

“Nosotros también somos como una moneda”, señaló. Y, al igual que una moneda lleva marcada y sellada una imagen, los seres humanos llevamos grabada una imagen mucho más importante: la imagen de Dios. El libro del Génesis nos recuerda que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios.

Por eso, para Dios, todos somos como una moneda, pero no cualquier moneda. Somos una moneda especial, de un valor único. El sacerdote recordó incluso un conocido dicho en español: “Yo no soy monedita de oro para caerle bien a todos”. Pero, para Dios, todos somos “moneditas de oro”. Para Él somos valiosos.

De esta manera, cuando Jesús dice “den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, también nos está recordando que nosotros pertenecemos a Dios. Somos de Él porque Él nos ha creado. Nos ha creado como sus hijos y nos ha creado libres, a su imagen y semejanza.

Y aquí aparece una de las grandes enseñanzas de esta reflexión: Dios no mira a sus hijos por cuánto tienen. No los valora por cuánto dinero poseen en el banco, por sus ingresos económicos ni por sus bienes materiales. Tampoco los valora por el color de su piel, por el idioma que hablan, por su cultura o por su apellido. Dios nos valora porque somos sus hijos, hechos a su imagen y semejanza.

Por eso, Dios reclama que le demos lo que es de El. ¿Y qué es de Dios? Nosotros mismos. “Yo pertenezco a Dios, yo soy de El”, explicó el padre Edgar. Ese es precisamente el reto que esta Palabra nos presenta hoy: reconocer de dónde viene nuestro verdadero valor y recordar que nuestra dignidad no depende de aquello que poseemos.

El valor de una persona no viene de su condición económica ni de cuánto tiene. Por eso, es un error valorar a las personas por sus bienes. No podemos valorar a los demás por lo que tienen, por el color de su piel, por el idioma que hablan o por el apellido que llevan. Debemos valorarlos porque son seres humanos dignos.

Esta es, recordó el sacerdote, una verdad que la Iglesia siempre ha defendido: todos somos dignos a los ojos de Dios. Todos tenemos una dignidad que debe ser respetada y valorada.

Desde esta convicción, el padre Edgar explicó que la Iglesia nunca puede estar a favor del aborto, ni de la eutanasia, ni de cualquier forma de tortura, ni de la pena de muerte, porque todos tenemos un valor como seres humanos. Ese valor no depende de nuestras circunstancias, de nuestra salud, de nuestras capacidades, de nuestra edad o de nuestra condición. Nuestro valor viene de que somos hijos de Dios.

Y precisamente por reconocer esta dignidad de cada persona, la Iglesia tiene una misión que alcanza al mundo entero. La Iglesia es enviada a toda la humanidad y a todas las culturas y pueblos: América, Oceanía, Africa, Europa y todos los rincones de la tierra. La Iglesia es enviada a todos los hijos del Señor.

“Hay que ir a todos, porque todos somos hijos de Dios”, expresó el padre Edgar. Todos debemos sentirnos amados por Papá Dios. Nadie debería sentirse excluido de ese amor.

En este sentido, recordó también las palabras de San Agustín: “Señor, nosotros salimos de ti, y nuestra alma no descansará hasta regresar a ti”. Porque pertenecemos a Papá Dios.

La reflexión del padre Edgar concluyó con una imagen profundamente esperanzadora: cada uno de nosotros es un gran tesoro para Dios. “Somos un gran tesoro y Dios vela día y noche por sus hijos”, manifestó.

El gran tesoro de Dios somos tú y yo, cada uno de nosotros. Por eso, nunca debemos olvidar que somos un tesoro para Dios. El no nos mira solamente por lo que hacemos, por nuestros errores, por nuestros éxitos o por nuestras circunstancias. Dios nos mira por lo que somos: sus hijos.

“Dios te ve a ti no por lo que haces, sino por lo que eres: su hijo, y El te ama”, afirmó el sacerdote. Y ese amor de Dios tiene también un propósito: quiere que seamos para El.

Dios no descansará hasta ver a todos sus hijos junto a El. A Papá Dios siempre le duele perder a uno de sus hijos. Por eso, el llamado es a permanecer siempre en sus manos, a no alejarnos de El y a recordar que nuestra verdadera identidad y nuestro verdadero valor se encuentran en ser hijos de Dios.

La celebración de este domingo deja así una reflexión que va mucho más allá de una moneda o de una frase conocida. “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” también significa reconocer que llevamos en nosotros la imagen de nuestro Creador y que, por esa razón, nuestra vida tiene un valor que nadie puede quitar.

Somos hijos de Dios. Somos dignos. Somos amados. Somos su tesoro.

Y, como expresó el padre Edgar, ojalá que nosotros siempre nos mantengamos en sus manos y que algún día podamos estar juntos, todos, en la presencia de Papá Dios.

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