¿Servimos a Dios o al dinero?

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Padre Ricardo MENDOZA GARCIA.- En el Evangelio de hoy, tomado de San Lucas, escuchamos a Jesús decir con claridad: “Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13). Estas palabras no significan que el dinero sea malo en sí mismo.
Como afirmaba el papa Benedicto XVI: “El dinero no es injusto en sí mismo, pero más que cualquier otra cosa puede encerrar al hombre en un egoísmo ciego”. El dinero, por tanto, debe entenderse como un medio, nunca como un fin.
Dios nos confía los bienes materiales para que los administremos con sabiduría. No somos dueños absolutos de ellos, sino simples administradores. Estos bienes tienen que ponerse al servicio de Dios y de los hermanos, no ocupar el trono de nuestro corazón.
Cuando el deseo de acumular se convierte en obsesión, caemos en la trampa del consumismo y de la esclavitud interior. El Evangelio nos llama a vivir el desprendimiento y la austeridad. San Francisco de Asís es un testimonio luminoso: su pobreza no fue solo renuncia material, sino sobre todo libertad del corazón.
La pobreza evangélica se puede vivir en la sencillez y en el preguntarnos con sinceridad: ¿Esto que quiero lo necesito de verdad, o es solo un capricho? Educar en la austeridad comienza en el propio hogar. Los padres, con el ejemplo, enseñan a sus hijos a distinguir lo esencial de lo superfluo.
Así aprendemos que la verdadera riqueza no está en poseer más, sino en saber usar lo que tenemos para servir. Pidamos a Dios la gracia de ser buenos administradores de sus dones, de cuidar los bienes materiales sin aferrarnos a ellos, y de vivir con corazón libre y agradecido. Solo así podremos servir de verdad a un único Señor: Dios, que es nuestra verdadera riqueza.
