Llamados en la ribera: conversión y misión
Padre Ricardo MENDOZA GARCIA.- Este domingo, el Evangelio nos presenta a Cristo en su vida ordinaria, cuando va a vivir a Cafarnaúm. Desde allí, Jesús inicia su misión pública con un anuncio claro y exigente: «Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca» (Mt 4,17).
La primera acción de Cristo es la predicación, una llamada urgente a la conversión. Hoy la Iglesia nos invita también a contemplar la conversión de san Pablo, que no es un hecho aislado, sino una experiencia que continúa en la vida de cada creyente. Convertirse implica renunciar al pecado, dejar de hacer el mal, no ofender a Dios, al prójimo ni a nosotros mismos, y permitir que Dios modele nuestro corazón y guíe nuestra vida.
En la segunda parte del Evangelio, Jesús llama a sus primeros discípulos. El texto señala un detalle significativo: los encuentra en la ribera del mar de Galilea. Según Orígenes, la ribera es el lugar donde el hombre aún está en el mundo, pero ya escucha la voz que lo llama a salir de él; no está en alta mar ni tampoco en tierra firme, sino en el umbral de la conversión.
El mar representa el caos y el desorden del pecado; la ribera es el lugar del encuentro con Cristo. Desde allí, Jesús llama a cuatro pescadores y les dice: «Vengan conmigo, y los haré pescadores de hombres» (Mt 4,19).
Esta llamada tiene una referencia especial a la vocación sacerdotal, pero también compromete a toda la Iglesia. Como comunidad, somos responsables de orar por las vocaciones, apoyar a quienes han respondido y pedir al Señor que envíe más obreros a su mies, para que el Reino de Dios siga siendo anunciado con fidelidad, misericordia y amor.
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