El Bautismo de Jesús: en la fila de los pecadores, un amor que acompaña hasta el final
Por Víctor R. AGUILAR.-La liturgia del sábado 10 de enero de 2026, celebrada en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe en Toronto, nos condujo a contemplar uno de los misterios más profundos de la –vida de Jesús: su Bautismo en el río Jordán. A partir del Evangelio según san Mateo (3, 13-17) y de la homilía del Padre Edgar Romero, la comunidad fue invitada a redescubrir no solo el sentido de esta fiesta, sino también la grandeza del amor de Dios que se manifiesta en una solidaridad radical con la humanidad.
El Evangelio nos presenta a Jesús acercándose a Juan para ser bautizado. Juan se resiste, consciente de su pequeñez frente a Aquel que no tiene pecado. Sin embargo, Jesús insiste, porque así se cumple la voluntad de Dios. En ese momento, los cielos se abren, el Espíritu Santo desciende como paloma y la voz del Padre proclama: “Este es mi Hijo amado”. Es una escena clave: se revela la Trinidad y comienza públicamente la misión de Cristo.
El Padre Edgar Romero inició su reflexión recordando que, para los cristianos, la Navidad no termina el 25 de diciembre, sino con la fiesta del Bautismo del Señor. Este tiempo litúrgico comienza con el nacimiento de Jesús, cuando Dios se revela al pueblo, primero a los pastores, gente sencilla, y luego, en la Epifanía, a toda la humanidad representada en los Magos. Con el Bautismo, se da una nueva y decisiva revelación: Dios Padre mismo habla y manifiesta quién es Jesús. Es uno de los pocos momentos en toda la Escritura donde escuchamos directamente la voz del Padre.
El Padre Edgar subrayó que, en el Nuevo Testamento, Dios Padre solo habla dos veces: en el Bautismo y en la Transfiguración. Después, incluso en la cruz, guarda silencio. Ese silencio contrasta con el clamor de Jesús: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”. Este dato nos invita a profundizar en el misterio del amor de Dios que, aun en el silencio, sigue presente y actuando.
Surge entonces una pregunta fundamental: si el bautismo de Juan era un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados, ¿por qué Jesús, que no tiene pecado, decide bautizarse? Aquí el Padre Edgar introdujo una palabra clave: solidaridad. Jesús no necesitaba el bautismo, pero quiso ponerse en la fila de los pecadores, caminar con ellos, asumir su condición.
Sin embargo, aclaró que no se trata de una solidaridad superficial o momentánea. Muchas veces entendemos la solidaridad como una ayuda puntual: dar comida, regalos o apoyo por un rato, y luego regresar a nuestra comodidad. Eso es bueno, pero no es la solidaridad de Jesús. La solidaridad de Cristo va mucho más allá: Él no solo ayuda desde afuera, sino que abraza y comparte nuestra humanidad, se queda a vivir con nosotros, asume nuestra realidad en carne propia.
Jesús no se hace pecador, pero sí carga con nuestra miseria, con lo bueno y lo malo de nuestra vida. Su solidaridad es radical: no es por un momento, es para siempre. Nos acompaña día y noche, en el sufrimiento, en el dolor, en el pecado, y ese camino de amor lo conduce hasta la cruz. Esa es la solidaridad de Dios Padre con la humanidad: una solidaridad que no abandona.
Desde esta perspectiva, el Bautismo adquiere un significado profundo también para nosotros. Dios nos abraza tal como somos, con toda nuestra historia, incluso con nuestra miseria y pecado, para transformarlos en santidad. La gracia de Dios es tan grande que ningún pecado puede manchar su santidad. El nos recibe y nos acoge siempre.
Por eso, el Padre Edgar insistió en la necesidad de recuperar el verdadero sentido de nuestro propio bautismo. Muchas veces reducimos los sacramentos a un evento social: nos preocupamos más por la fiesta, los padrinos o los detalles externos, y olvidamos que el Bautismo es un regalo inmenso de Dios, donde El nos hace sus hijos y nos hace partícipes de su santidad. Si la santidad existe en la Iglesia, es porque Dios nos comparte su propia vida.
Para vivir plenamente esa gracia, es necesario dejar que Dios toque nuestra vida en lo más profundo. No tener miedo ni vergüenza de presentarle incluso lo más feo de nosotros. Con Dios no hay que esconder nada. El Padre Edgar recordó ejemplos fuertes y simbólicos de la historia bíblica y de la Iglesia, como el profeta Isaías o san Francisco de Asís, quienes, de distintas maneras, se despojaron de todo para presentarse desnudos ante Dios, reconociendo su verdad interior.
La invitación final es clara: en la fiesta del Bautismo del Señor, estamos llamados a renovar nuestro propio bautismo, a dejarnos abrazar por ese Dios que se solidariza con nosotros de manera total, y a permitirle transformar nuestra miseria en santidad. Solo así podremos vivir como verdaderos hijos amados del Padre.
DATOS:
La parroquia Nuestra Señora de Guadalupe en Toronto, es una parroquia católica que se encuentra ubicada en el 694 Weston Road. Única dentro de las parroquias canadienses porque las celebraciones y servicios son completamente en idioma español.
Los domingos hay cuatro misas en español: 8:00am, 10:00am, 12:00pm y 1:45pm. La de las 5:00pm., es en inglés. Misas dentro de semana, Jueves (7:00pm), Viernes (7:00pm) y del Sábado que también es válida por el domingo (6:00pm).
INFORMACION: (416) 767-8658.
