La fe y la acogida: dos caminos que abren el corazón al encuentro con Dios
Por Víctor R. AGUILAR.- En la misa dominical celebrada en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, en Toronto, el Padre Edgar Romero López compartió una profunda reflexión basada en el Evangelio según San Lucas 10, 38-42, que relata la visita de Jesús a la casa de Marta y María. Este pasaje, conocido por muchos, es mucho más que una simple historia de hospitalidad: es una enseñanza viva sobre la acogida y la fe.
El Padre Edgar inició su homilía señalando que este evangelio toca dos temas fundamentales: la acogida y la fe. Explicó que para el pueblo judío la acogida tiene un valor esencial. Recibir al forastero es parte de su identidad espiritual. Abrir la puerta de casa al otro es, en realidad, abrir el corazón, construir vínculos, buscar cercanía. Es una forma de decirle al otro: “quiero ser tu amigo“. La Sagrada Escritura habla con frecuencia de este valor porque acoger es, en sí mismo, un acto de amor y de encuentro.
Para ilustrar esto, el Padre Edgar también se refirió a la Primera Lectura, donde Abraham acoge a tres forasteros que llegan a su tienda. Estos tres hombres, símbolo de la Santísima Trinidad, llegan en nombre de Dios. Abraham no duda en invitarlos a pasar, se apresura en atenderlos, y esa hospitalidad es recompensada con una promesa largamente esperada: que Sara, su esposa, será madre. Una noticia llena de esperanza, nacida del gesto de acoger al otro.
En esta línea, el Evangelio muestra cómo Marta, al igual que Abraham, recibe a Jesús en su casa. Es un gesto hermoso y valioso: Marta abre las puertas de su hogar al Señor, y lo atiende con esmero. El Padre Edgar subrayó que esto es precisamente lo que todos estamos llamados a hacer: recibir al Señor en nuestras vidas, permitir que Él entre en nuestro corazón y en nuestro hogar, decirle con fe y humildad: “Señor, no pases de largo, ven y visítame”.
Pero la historia no termina ahí. María, la hermana de Marta, se sienta tranquilamente a los pies de Jesús para escucharlo, mientras Marta se agita entre los quehaceres del hogar. Aparentemente sola con las tareas, Marta se siente abrumada, agotada. Finalmente, le reprocha a Jesús que su hermana no la esté ayudando: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el trabajo? Dile que me ayude”.
Y es aquí donde el Padre Edgar centró su reflexión más profunda. Dijo que este momento revela el verdadero corazón del mensaje. Sí, hay que acoger, pero también hay que tener fe. Y ¿qué es la fe? Aquí el Padre Edgar compartió una definición que le impactó profundamente, dicha por otro sacerdote: “La fe no es creer en Dios”. Porque, como bien señala la Escritura, hasta los demonios creen en Dios. Incluso un sicario puede rezarle a Dios antes de hacer algo terrible. Creer en Dios no basta. La fe verdadera es tocar tu propia miseria y experimentar el amor de Dios en tu vida.
Marta, en su ajetreo, tocó su propia miseria. Aunque hacía cosas por el Señor, llegó a un punto de agotamiento, de frustración, en que ya no pudo más. Le reprochó al mismo Jesús, lo cuestionó, lo puso a prueba: “¿No te importa lo que me pasa?”. Y cuántas veces, dijo el Padre Edgar, hacemos nosotros lo mismo. Cuántas veces hemos orado, hemos hecho cosas buenas, y cuando no recibimos lo que esperamos, también le decimos a Dios: “¿No te importa lo que me está pasando?”. Le damos órdenes a Dios, como si supiéramos más que Él. Le decimos qué tiene que hacer, cuándo y cómo. Pensamos que sabemos lo que es bueno para nosotros, y le decimos al Señor: “Tú no entiendes, yo sí sé”.
Por eso, concluyó el Padre Edgar, Marta es un espejo de cada uno de nosotros. Su actitud, sus emociones, sus palabras, reflejan nuestras propias dudas, nuestras quejas, nuestra manera de vivir la fe a veces desde la exigencia y no desde la escucha. Pero Jesús, con paciencia y ternura, le dice que María ha elegido la mejor parte: sentarse a sus pies, escuchar su palabra, dejarse amar.
Acoger al Señor y tener fe no es solo abrir la puerta, sino también el corazón. No basta con hacer muchas cosas por Dios si no lo escuchamos, si no lo dejamos entrar de verdad. La invitación es clara: dejemos que el Señor entre en nuestra vida, escuchemos su palabra, y desde nuestra fragilidad, abramos el alma a su amor.

