Padre Javier: Después de la despedida, queda la esperanza del reencuentro
SOMOS TORONTO.- En la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, en Toronto, se celebró la Misa de los Fieles Difuntos, una celebración profundamente marcada por la memoria, el amor y la esperanza cristiana. La Eucaristía fue oficiada por el padre Javier Valdés, acompañado por el diácono Carlos Retamales, en una jornada en la que la comunidad se reunió para recordar y orar por aquellos seres queridos que ya partieron de este mundo, pero que permanecen vivos en el corazón y en la fe de quienes los amaron.
Antes de iniciar la misa, el padre Javier Valdés recordó que orar y rezar por todos los fieles difuntos es una de las tradiciones cristianas más antiguas. Esta celebración tiene lugar al día siguiente de haber recordado a todos aquellos que ya han llegado a las manos de Dios. “Hoy nos preocupamos por todos nuestros hermanos que han muerto en la esperanza de la resurrección y con la fe infinita de que un día también nosotros podemos alcanzar esta promesa”, expresó.
Por ello, explicó, esta Santa Misa se ofrece por todos los fieles difuntos: padres, familiares cercanos y también por aquellos amigos que “ya nos adelantaron”. Una expresión sencilla, pero cargada de significado, porque para la fe cristiana la muerte no representa el final definitivo, sino una espera confiada en la promesa de la resurrección y del encuentro con Dios.
Al referirse al Evangelio de San Juan 12, 23-26, el padre Javier invitó a mirar la propia existencia y a recordar que la vida está formada por momentos de alegría, pero también por momentos de tristeza y dolor. Son experiencias que quedan guardadas en la memoria y en el corazón y que forman parte del camino de cada ser humano.
El sacerdote recordó una enseñanza que recibió de su abuela: “Hay que prepararse para los momentos difíciles y, si no llega, pues bendita gracia de Dios”. Para el padre Javier, esas palabras reflejan una realidad que todos, de una u otra manera, experimentamos a lo largo de la vida. Al mirar hacia atrás y hacer un recuento de nuestra existencia, seguramente encontraremos momentos felices, pero también momentos duros y difíciles. Y entre las experiencias más dolorosas está, sin duda, la pérdida de un ser querido.
Una madre, un padre, un abuelo, una abuela, un hermano, un hijo o cualquier familiar puede dejar una huella tan profunda que su ausencia marca para siempre nuestra existencia. Muchos han tenido que vivir esa dolorosa experiencia y saben que no se trata simplemente de dejar de ver físicamente a una persona, sino de aprender a vivir con su ausencia, conservando al mismo tiempo todo aquello que esa persona significó en nuestra vida.
El padre Javier comentó que, cuando conversa con su hermano, él suele mencionar cuánto se ama a los hijos y cómo prácticamente todo lo que les duele a ellos les duele el triple. “Yo le contesto: yo no tengo esa experiencia”, explicó el sacerdote. Sin embargo, agregó que perder a cualquier ser querido marca nuestra existencia, especialmente cuando se trata de alguien que nos ayudó a crecer, que nos amó y que nos cuidó.
El dolor puede ser todavía más profundo cuando se trata de un padre, una madre, un hermano, un hijo, un abuelo o una abuela. En este sentido, el padre Javier destacó también la enorme importancia que tienen los abuelos en nuestras culturas, por el lugar que ocupan dentro de las familias, por sus enseñanzas, su cariño y por todos aquellos recuerdos que dejan en quienes tuvieron la dicha de compartir la vida con ellos.
En medio de esa realidad de dolor, que muchas veces pesa profundamente en el corazón, el padre Javier planteó una pregunta que toca una experiencia muy personal: ¿qué sucede con el dolor de perder a un padre o a una madre con el paso de los años?
Su respuesta fue contundente. Si alguien le preguntara por el dolor de haber perdido a su padre o a su madre y si ese dolor ha disminuido durante todos estos años, él respondería que permanece “tan intacto, tan vivo como si lo hubiese perdido hace cinco minutos”.
Es una afirmación que permite comprender que el paso del tiempo no necesariamente borra el dolor ni hace desaparecer la ausencia. Hay pérdidas que permanecen vivas en la memoria porque también permanece vivo el amor. Pero precisamente en esa realidad dolorosa, señaló el sacerdote, los cristianos tienen la gracia de la fe.
Esa fe, explicó, es la que nos recuerda que estamos llamados a un lugar muy especial: el mundo donde Dios espera por nosotros, la casa del Padre, esa vida donde ya no habrá dolor, ni sufrimiento, ni tristeza.
Y cuando esa esperanza es verdadera y firme en el corazón, “alivia un poquito”. Alivia, porque la pérdida no es para toda la vida. Para quien cree, la separación no constituye un adiós definitivo, sino una espera.
El padre Javier explicó que, cuando una persona habla desde la fe, ya no debería referirse necesariamente a la muerte como haber “perdido” a un ser querido. Él mismo, cuando le preguntan, responde: “Estoy a la espera, estamos en una espera”.
Una espera que, según explicó, implica también un compromiso personal. “Lucho por no pecar, lucho por cumplir los mandamientos de la Iglesia, lucho por aceptar la voluntad de Dios”, expresó, porque al final de esa espera llegará el momento en que Dios llame y cada uno deberá estar preparado para presentarse ante ese juicio.
El sacerdote sostuvo que, después de ese juicio, está la gracia de poder ir al encuentro de nuestros seres queridos, aquellos que fueron tan importantes en nuestra vida y que ya aguardan por nosotros en la eternidad. Es precisamente esa esperanza la que, como señaló el padre Javier, “alivia un poquito el corazón”.
La vida eterna, explicó, es cuando Dios, nuestro Padre, nos llama de regreso a casa. Y en medio del dolor por la pérdida, existe también la certeza de que nuestros seres queridos pueden encontrarse en el mejor lugar.
Al hablar de su propia madre, el padre Javier lo expresó con una frase llena de fe: “A pesar del dolor, mi mamá está junto a Él, está en el mejor lugar”.
Dios llama a sus hijos de regreso a casa. Tal vez algunos ya estén cansados por el camino de la vida, quizá lleguen con heridas, pero también con sus logros y experiencias. Después de todo ese recorrido, Dios espera a sus hijos en la casa, en el mejor lugar. Y cuando finalmente entramos en ese cielo, imaginó el sacerdote, Dios nos recibe con un abrazo y nos dice: “Hijos, bienvenidos a casa, aquí siempre vas a ser feliz”.
Desde esa mirada de fe adquiere un significado especial la celebración del 2 de noviembre. “Qué bueno, hermanos y hermanas, que la Iglesia tenga una misa como la de hoy”, expresó el padre Javier. Es una oportunidad para reunirse, recordar a quienes partieron y ofrecer la Eucaristía por ellos.
Pero también es una celebración que puede ser contemplada desde la eternidad. El sacerdote invitó a imaginar la alegría de nuestros seres queridos difuntos al vernos desde ese lugar, reunidos en la iglesia, sentados en la celebración de la misa y recordándolos con amor.
“Qué alegría para ellos saber que aún siguen siendo sumamente importantes para nosotros”, manifestó.
Y qué alegría también para nosotros poder ofrecer esta misa por ellos. Escribir sus nombres en el libro de los difuntos, mencionarlos y llevarlos nuevamente a nuestra memoria se convierte en una forma de decirles: “Papá, mamá, te amo todavía con todo mi corazón”. Y lo mismo para un tío, una abuela, un abuelo o cualquier ser querido que haya fallecido.
Porque recordarlos significa reconocer que siguen ocupando un lugar importante en nuestra vida. Significa que el amor no desapareció con la muerte y que los recuerdos hermosos permanecen guardados en lo más profundo del corazón.
El padre Javier sostuvo que, al recordarlos durante la misa, seguimos diciendo que ellos son importantes para nosotros. Y a través de esta celebración podemos expresar con toda la fuerza de nuestra alma que los seguimos amando, que son sumamente importantes, que los extrañamos muchísimo y que esperamos ese día tan especial en que Dios nos llame para poder encontrarnos nuevamente.
Así, la Misa de los Fieles Difuntos se convierte mucho más que en un momento de tristeza. Es también una celebración de la memoria, del amor y, sobre todo, de la esperanza. Es el momento de mirar hacia quienes ya no están físicamente, pero continúan presentes en nuestros recuerdos, en nuestras oraciones y en nuestro corazón.
Porque para la fe cristiana la muerte no tiene la última palabra. Existe una promesa, existe una espera y existe la esperanza de volver a encontrarnos. Mientras ese día llega, recordar, orar y celebrar la Eucaristía por nuestros seres queridos es una manera de mantener vivo el vínculo que ni siquiera la muerte puede borrar.
Y quizás ese sea uno de los mensajes más profundos de esta celebración: la ausencia duele, el recuerdo permanece, pero el amor y la esperanza nos permiten seguir caminando, confiando en que algún día Dios nos llamará de regreso a casa.
DATOS:
La parroquia Nuestra Señora de Guadalupe en Toronto, es una parroquia católica que se encuentra ubicada en el 694 Weston Road. Única dentro de las parroquias canadienses porque las celebraciones y servicios son completamente en idioma español.
Los domingos hay cuatro misas en español: 8:00am, 10:00am, 12:00pm y 1:45pm. La de las 5:00pm., es en inglés. Misas dentro de semana, Jueves (7:00pm), Viernes (7:00pm) y del Sábado que también es válida por el domingo (6:00pm).
INFORMACION: (416) 767-8658.
EMAIL: olgpoffice@guadalupetoronto.com


