Sean buenos: no dejen que este mundo les robe la bondad
SOMOS TORONTO.- En la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, en Toronto, se celebró este domingo 1 de noviembre de 2026 la Santa Misa correspondiente a la Solemnidad de Todos los Santos, presidida por el padre Javier Valdés y acompañado por el diácono Carlos Retamales. Una celebración que invitó a mirar la vida desde la fe, pero también desde una pregunta profundamente humana: ¿qué significa realmente ser santo?
El Evangelio de San Mateo 5, 1-12 presenta a Jesús subiendo al monte para enseñar a sus discípulos las Bienaventuranzas. Allí proclama dichosos a los pobres de espíritu, a quienes lloran, a los sufridos, a quienes tienen hambre y sed de justicia, a los misericordiosos, a los limpios de corazón y a quienes trabajan por la paz. También anuncia que serán felices quienes sean perseguidos, rechazados o maltratados por causa de la justicia y por seguirlo, porque recibirán una gran recompensa en el cielo. Son palabras que muestran un camino diferente al que muchas veces propone el mundo: un camino de humildad, misericordia, justicia, paz y fidelidad a Dios, incluso cuando vivir de acuerdo con esos valores pueda resultar difícil.
A partir de este Evangelio, el padre Javier Valdés centró su reflexión en la Solemnidad de Todos los Santos y en el significado de ser santo. Recordó que, cuando se enseña o se da clases, una y otra vez se explica que para ser santo hay que estar lo más cerca posible de Dios. Dentro del conocimiento de la Iglesia, cuando se habla de los santos, se menciona, por ejemplo, a San Francisco de Asís como uno de los grandes ejemplos de santidad, porque fue una persona que estuvo muy cerca de Dios siendo humano, igual que todos nosotros.
Desde una mirada más profunda, el padre Javier explicó que podríamos resumir lo que significa ser santo diciendo que es aceptar la voluntad, el plan y el proyecto de Dios en nuestra vida. Un plan que muchas veces no va de la mano con nuestro propio proyecto de vida, pero que supone aceptar aquello que Dios quiere para nosotros. También significa estar lo más cerca posible del misterio de Jesucristo, configurándonos con El y tratando de parecernos cada vez más a su persona.
Pero el padre Javier quiso llevar esta reflexión a un lenguaje todavía más sencillo y pastoral. “Si ustedes me preguntaran pastoralmente qué es el santo”, explicó, “les diría en una frase sencilla: sean buenos”. Una frase aparentemente simple, pero que encierra un profundo llamado para la vida cotidiana.
Ser buenos significa no permitir que ese mundo que está allá afuera, tan marcado por la violencia y por el consumismo, termine cambiando nuestro corazón. Un mundo donde existen también otros dioses modernos que intentan presentarse como caminos de salvación, cuando en realidad no lo son, porque solo hay un solo Dios.
El llamado de la Iglesia a ser buenos tampoco significa que debamos hacer el bien esperando recibir reconocimiento, aplausos o agradecimientos. El padre Javier fue claro al señalar que cuando la Iglesia nos llama a ser buenos, no lo hace para que el mundo nos agradezca. Nos llama a ser buenos porque ser buenos es parecernos a Jesucristo. Por eso, hacer el bien no debe depender de que alguien nos dé las gracias. Hay que hacerlo porque es un deber de los cristianos y, como bautizados, estamos llamados a hacer el bien.
Eso significa también no hacer simplemente lo que hace el mundo. No podemos permanecer indiferentes ante todos los males que hoy existen. Muchas veces nos preguntamos cómo podemos hacer un mundo mejor o cómo podemos cambiarlo, pero quizás tenemos en nuestras manos algo mucho más importante de lo que imaginamos: nuestra oración personal.
El padre Javier reconoció que muchas veces hacemos poco uso de la oración. Por eso, en esta festividad de Todos los Santos, quiso dejar una sola idea en los corazones de los fieles: que cada día, en nuestra oración personal, dediquemos un momento al mundo. No hace falta utilizar grandes palabras. Simplemente podemos decirle al Señor: “Señor, te ofrezco este mundo, que necesita tanto de ti”.
También tuvo palabras de elogio para la Infancia Misionera, los catequistas y los padres, un movimiento que, según expresó, quiere y respeta mucho. Los felicitó especialmente porque realizaron algo muy importante: mientras en todo Canadá se celebraba Halloween, ellos decidieron celebrar una fiesta cristiana que identifica a los católicos: la Fiesta de Todos los Santos.
¿Y cuál es la gran diferencia? ¿Qué significa ser santo dentro de la Iglesia? Significa que esas personas alcanzaron la vida eterna. Son personas que hoy viven en el cielo junto a Dios.
La Fiesta de Todos los Santos, explicó el padre Javier, celebra la vida. Celebra la vida después de esta vida, la vida más importante, la vida que representa la gran promesa de Dios. Es la promesa de que llegará el momento en que nos reuniremos nuevamente con nuestros seres queridos que ya nos han antecedido.
Con emoción, recordó esa esperanza que toca profundamente el corazón de cualquier persona que ha perdido a alguien amado: “Mi papá y mi mamá esperan por mí en esa eternidad”, expresó, haciendo referencia a esa esperanza de volver a vivir con quienes amamos, pero esta vez no por un tiempo limitado, sino para siempre.
Y hay una hermosa conexión entre las celebraciones de estos dos días. El 1 de noviembre se celebra la Fiesta de Todos los Santos y el 2 de noviembre se conmemora a los Fieles Difuntos. Una celebración antecede a la otra. La vida antecede a la conmemoración de los fieles difuntos. La muerte es una realidad que duele. Duele muchísimo y nadie quiere perder a sus seres queridos. Sin embargo, desde la fe, existe una esperanza que puede traer alegría, paz y tranquilidad: saber que hay un lugar especial donde ellos van a estar y donde algún día nosotros podremos reunirnos nuevamente con ellos.
Esa esperanza es precisamente una de las grandes enseñanzas de la Solemnidad de Todos los Santos: la muerte no tiene la última palabra para quien cree en Dios. La promesa es la vida eterna y el encuentro definitivo con Él y con aquellos que nos antecedieron.
Pero el mensaje del Evangelio no termina allí. El padre Javier volvió a una palabra sencilla, pero exigente: sean buenos.
“Sean buenos, no dejen que este mundo les robe la bondad”. No permitamos que el estrés, el trabajo, la rapidez de la vida y los problemas que constantemente se presentan nos hagan caer en el pecado de comportarnos como se comporta el mundo. No dejemos que las circunstancias nos quiten aquello que Dios ha puesto en nuestro corazón.
Tampoco debemos permitir que ese mundo nos evangelice en sentido contrario al amor de Dios. En medio de una sociedad donde tantas veces se imponen la violencia, la indiferencia, el consumismo y la búsqueda de otros caminos de felicidad, el cristiano está llamado a mantener vivo el mensaje del Evangelio con su propia vida.
Por eso, el padre Javier hizo también un llamado a ser catequistas las 24 horas del día, los siete días de la semana. Ser catequista a tiempo completo no significa únicamente enseñar una doctrina o hablar de Dios dentro de una iglesia. Significa transmitir la fe con la manera en que vivimos, con nuestra amabilidad, con nuestro trato hacia los demás, con nuestras palabras y con nuestras acciones.
Porque todos recordamos cómo nos hicieron sentir las personas que nos trataron con amor, pero también recordamos aquellas ocasiones en que fuimos tratados sin amor. Esos gestos dejan huella. Una palabra amable puede cambiar un momento difícil; un gesto de misericordia puede devolver esperanza; una actitud de indiferencia puede causar una herida que permanece.
Y allí está, finalmente, el centro de esta reflexión: el amor. El amor es el sentimiento por el cual Dios creó el mundo. Por eso, ser buenos, vivir con misericordia, trabajar por la paz, buscar la justicia y acercarnos a Jesucristo no son acciones aisladas, sino una manera concreta de vivir nuestra fe.
La Solemnidad de Todos los Santos nos recuerda que la santidad no es algo reservado para personas extraordinarias o lejanas a nuestra realidad. Es un camino que comienza en las decisiones sencillas de cada día: aceptar el plan de Dios, buscar estar cerca de Jesucristo, hacer el bien sin esperar reconocimiento, orar por el mundo, mantener la bondad en medio de las dificultades y tratar a los demás con amor.
Quizás esa sea la invitación más sencilla y, al mismo tiempo, más profunda que deja esta celebración: sean buenos. No permitan que la violencia, el consumismo, el estrés, la rapidez de la vida, los problemas o la indiferencia les roben aquello que los acerca a Dios.
Porque ser buenos es parecernos a Jesucristo. Y quizás, en un mundo que necesita tanto de Dios, una persona que conserva la bondad, que ora, que ama, que perdona y que trata al otro con dignidad ya está haciendo mucho más de lo que imagina para cambiar el mundo.
DATOS:
La parroquia Nuestra Señora de Guadalupe en Toronto, es una parroquia católica que se encuentra ubicada en el 694 Weston Road. Única dentro de las parroquias canadienses porque las celebraciones y servicios son completamente en idioma español.
Los domingos hay cuatro misas en español: 8:00am, 10:00am, 12:00pm y 1:45pm. La de las 5:00pm., es en inglés. Misas dentro de semana, Jueves (7:00pm), Viernes (7:00pm) y del Sábado que también es válida por el domingo (6:00pm).
INFORMACION: (416) 767-8658.
EMAIL: olgpoffice@guadalupetoronto.com


