María, enséñanos a vivir bien para morir bien: el mensaje del padre Gustavo Lombardo en Midland
Por Víctor R. AGUILAR.- El pasado 15 de agosto, solemnidad de la Asunción de la Virgen María, la comunidad católica de Ontario volvió a reunirse para celebrar su tradicional Peregrinación al Santuario de los Mártires Canadienses, en Midland. Bajo un cielo completamente soleado, cientos de fieles procedentes de más de 15 parroquias donde se celebra la Eucaristía en español participaron de esta jornada de fe, acompañados por sacerdotes, diáconos y servidores de las distintas comunidades. En esta oportunidad, la reflexión estuvo a cargo del padre Gustavo Lombardo, sacerdote del Instituto del Verbo Encarnado (IVE), con formación de Máster en Ciencias Sociales y Humanísticas.
Desde el comienzo de su homilía, el padre Lombardo invitó a los peregrinos a contemplar una verdad sencilla, pero profundamente exigente: Dios humilla a los soberbios y eleva a los humildes. Esa realidad, explicó, la comprendemos fácilmente, pero muchas veces nos cuesta vivirla. En María Santísima encontramos, precisamente, uno de los ejemplos más perfectos de humildad, una humildad que alcanzó su máxima exaltación terrena en el misterio que la Iglesia celebra el 15 de agosto: su Asunción al cielo.
El sacerdote comenzó aclarando que la Asunción de María no debe confundirse con la Ascensión de Jesucristo. Jesús asciende al cielo por su propio poder; María, en cambio, es llevada al cielo por Dios. El papa Pío XII, al proclamar solemnemente el dogma de la Asunción el 1 de noviembre de 1950, lo expresó con particular precisión: María, terminado el curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial.
Precisamente esa formulación deja abierto un aspecto que la Iglesia nunca definió como dogma: si la Virgen murió o no antes de ser llevada al cielo. El padre Lombardo explicó que la tradición teológica y mariana se inclina mayoritariamente a pensar que sí murió, aunque de una manera extraordinaria, conocida como la “Dormición de la Virgen”. Otros teólogos sostienen que no murió. Ninguna de las dos posiciones disminuye en absoluto la dignidad de María, porque lo esencial es que su cuerpo, unido a su alma, fue llevado a la gloria.
Una de las razones por las que muchos teólogos consideran que María experimentó la muerte es su deseo de imitar plenamente a su Hijo. Jesús murió y resucitó, y María, aunque preservada del pecado original y, por tanto, libre de la necesidad del pecado y de la muerte, habría querido asemejarse a El incluso en este último paso de la existencia terrena.
El padre Lombardo presentó entonces una hermosa descripción atribuida a un teólogo español: María habría terminado su vida con una “muerte extática”, fruto de la fuerza del amor divino, del deseo vehemente de encontrarse con su Hijo y de la intensa contemplación de las realidades celestiales. No se trataría de una muerte marcada por el miedo o la desesperación, sino por un amor tan profundo que la condujo hacia Dios.
Para ayudar a comprender esta idea, el sacerdote recordó la historia de Imelda, una joven religiosa que deseaba ardientemente recibir la Eucaristía. Al ser todavía demasiado pequeña para comulgar según las normas de su tiempo, preguntaba por qué quienes recibían a Jesús no morían de amor al encontrarse con El. Un día, durante la celebración de la Misa, una hostia se elevó milagrosamente y se colocó sobre ella. El sacerdote comprendió que debía darle la Primera Comunión. Después de recibirla con profunda devoción, Imelda permaneció en oración y acción de gracias. Cuando fueron a buscarla, la encontraron muerta. Su vida quedó asociada a la Eucaristía y es reconocida como patrona de las primeras comuniones.
La comparación con María resulta inevitable: si una criatura pudo morir de amor después de recibir a Jesús, ¿qué decir de la Santísima Virgen, que vivió en una unión incomparable con su Hijo? Otro autor español, recordó el padre Lombardo, describió la muerte de María como una muerte sin dolor porque vivió sin buscar el placer; sin temor porque vivió sin pecado; y sin angustia porque vivió sin apego a las cosas terrenas. Su muerte habría sido semejante al declinar de una hermosa tarde, un sueño dulce y apacible, más que el final de una vida: la aurora de una existencia mejor.
Pero la reflexión no se quedó en María. El padre Lombardo llevó a los peregrinos a una pregunta personal: ¿cómo estamos viviendo nuestra propia vida si sabemos que algún día tendremos que morir?
La muerte es una realidad que normalmente preferimos evitar. Sin embargo, recordó que la Sagrada Escritura nos invita a pensar en nuestros últimos días para aprender a vivir mejor. Los santos también insistieron en esta verdad. Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola y muchos otros enseñaron que debemos vivir cada momento con la conciencia de que nuestra existencia terrena no es definitiva.
San Ignacio, particularmente, propone imaginarse en el momento de la muerte para preguntarse qué decisión habría querido tomar entonces y, a partir de esa perspectiva, tomarla ya en el presente. La muerte, de esta manera, puede convertirse paradójicamente en una ayuda para vivir mejor, con mayor libertad y con mayor sentido.
El padre Lombardo recordó una anécdota de San Juan Bosco. Un día encontró a unos niños jugando y preguntó a uno de ellos qué haría si supiera que iba a morir. El niño respondió que pediría confesarse. Otro dijo que iría a rezar ante el Santísimo. Finalmente, un tercer niño respondió que seguiría jugando. Ese niño era Santo Domingo Savio.
¿Por qué siguió jugando? Porque probablemente estaba preparado. Se había confesado, había rezado y estaba en gracia de Dios. En ese momento, la voluntad de Dios para él era sencillamente jugar durante el recreo. Y podía hacerlo en paz. Esa, explicó el sacerdote, es una imagen de cómo deberíamos vivir: preparados para partir, pero capaces de cumplir con serenidad aquello que Dios nos pide en cada momento.
La Virgen María nos enseña precisamente a mirar la muerte no como una catástrofe, sino como un paso hacia la vida eterna. Por supuesto, para vivir así es necesario llevar una vida coherente con la fe. La esperanza cristiana no consiste en ignorar la muerte, sino en enfrentarla con la confianza de que no tiene la última palabra.
El padre Lombardo recordó también al misionero jesuita español Segundo Llorente, quien pasó alrededor de 40 años como misionero en Alaska. Cuando supo que padecía un cáncer fulminante y que su muerte se aproximaba, no se desesperó. Por el contrario, manifestó alegría porque deseaba encontrarse con Dios. Incluso bromeaba y, por su alegría permanente, una mujer llegó a decirle que, en lugar de llamarse Segundo Llorente, debería llamarse “Primero Riente”.
Pero esa serenidad ante la muerte no pertenece solamente a los grandes santos o a personas extraordinarias. También puede ser una gracia para cualquiera de nosotros. Para demostrarlo, el padre Lombardo compartió un recuerdo íntimo de su propio padre.
En enero de 2015, mientras realizaba unos ejercicios espirituales, recibió una llamada de su padre, quien padecía cáncer desde hacía tres años. Su padre le confesó que no tenía miedo de morir, pero sí temía los sufrimientos que podían preceder a la muerte. Entonces el sacerdote le propuso algo muy sencillo: contar cuántas veces había rezado el Ave María a lo largo de su vida.
Una semana después, su padre volvió a llamarlo. Había hecho las cuentas: junto a su esposa, había rezado el Rosario desde que eran novios, durante décadas. El resultado se acercaba a un millón de Avemarías. “Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Casi un millón de veces había pronunciado esas palabras. ¿Cómo podía pensar que la Madre más tierna olvidaría aquella súplica?, se preguntaba el padre Lombardo.
El sacerdote tuvo la gracia de acompañar a su padre durante los últimos 50 días de su vida. Aprendió incluso algunas tareas de cuidado y, junto con sus hermanos y hermanas, permaneció cerca de él. Su padre, a pesar de la gravedad de su situación, conservaba el buen humor. Llamaba en broma a la doctora de cuidados paliativos “la doctora de la muerte” y la familia celebraba diariamente la Misa junto a su cama.
El padre Lombardo había deseado interiormente que su padre muriera un sábado, llevando el escapulario de la Virgen, por la tradicional devoción mariana asociada a esta práctica. Pasó un sábado, luego otro, y otro más. Finalmente, para su alegría y consuelo, su padre murió un sábado. Para el sacerdote, aquella coincidencia fue una muestra más del amor y la cercanía de la Virgen.
La experiencia le dejó una certeza: debemos pensar en nuestra muerte, pero también debemos pensar que María estará con nosotros en ese momento.
¿Por qué María fue llevada al cielo? El padre Lombardo explicó que, entre otras razones, para ser madre de todos y estar aún más presente. De alguna manera, Jesús mismo mostró que su Ascensión no significaba ausencia. Los apóstoles podían extrañarlo físicamente, pero Él estaría presente de una manera nueva y profunda, especialmente en la Eucaristía. Del mismo modo, María está en el cielo y, al mismo tiempo, está cerca de sus hijos. Por eso debemos pedirle que nos enseñe a vivir bien para poder morir bien.
En ese momento de la homilía, el sacerdote compartió una oración que había escrito años atrás y que expresa una confianza absoluta en la intercesión de María. Es una súplica sencilla y profunda: “Madre mía, solo te pido una cosa: un suspiro”.
Ese suspiro representa el deseo de María por alcanzar de su Hijo una gracia para nosotros. El sacerdote pide a la Virgen que no necesita siquiera mirarlo, sino que simplemente mire a Jesús y suspire por su alma. En ese suspiro, dice, se concentra toda la confianza del hijo que sabe que su Madre conoce sus necesidades incluso antes de expresarlas.
“Madre mía, dile con un suspiro que me falta el vino de las virtudes”, pide la oración. Que le diga a Jesús que su caridad es egoísta, que su esperanza es débil y su fe vacilante; que le cuesta olvidarse de sí mismo, que no vive el Evangelio con suficiente radicalidad y que teme la cruz. Y, sobre todo, que le pida a Jesús que también le diga las palabras que dirigió a Juan: que María sea recibida verdaderamente como madre.
La conclusión de esa oración es fundamental: amar verdaderamente a María conduce necesariamente a amar a Jesús, porque ese es el deseo más profundo de la Madre.
En el Santuario de los Mártires Canadienses, la homilía adquirió además un significado especial al hablar del martirio. El padre Lombardo recordó que el martirio no debe considerarse solamente como una vocación reservada para unos pocos elegidos. La disposición interior a dar la vida por Cristo y a no renunciar a la fe debe formar parte de la vida de todo cristiano.
Citando a Santo Tomás de Aquino, recordó que es propio del cristiano estar dispuesto a morir antes que pecar o dejar de confesar a su Señor. Esa disposición no significa que todos tendremos que morir mártires, sino que todos estamos llamados a poner a Dios por encima de cualquier otra cosa.
Para ilustrarlo, compartió el testimonio de un joven convertido al cristianismo en un país de mayoría musulmana. Después de conocer el catecismo, aquel joven comenzó a hacer preguntas sobre Jesús y terminó convirtiéndose; también ayudó a su hermana a acercarse a la fe. La hermana fue asesinada por su familia a causa de su conversión. Cuando el joven acudió al entierro, recibió un mensaje en el que le advertían que había dos ataúdes y dos tumbas: una para su hermana y otra para él.
Regresó rápidamente a su casa y fue a hablar con un sacerdote. Llevaba puesta una cruz que le habían regalado. El sacerdote, preocupado por su seguridad, le aconsejó esconderla porque podían matarlo. La respuesta del joven fue sencilla y contundente: “Padre, si yo no le entendí mal, no tengo ningún problema de morir por un Dios que murió por mí”.
Para el padre Lombardo, aquellas palabras resumen el corazón del catecismo cristiano. Jesús murió por todos, pero también murió por cada uno de nosotros. San Pablo lo expresa en la Carta a los Gálatas: Cristo “me amó y se entregó por mí”. La pregunta, entonces, no es únicamente qué podemos hacer nosotros por Dios, sino qué estamos dispuestos a ofrecerle a Aquel que entregó hasta la última gota de su sangre para salvarnos.
La reflexión se relacionó también con la Eucaristía. El sacerdote recordó a San Agustín y la imagen del banquete. Cuando alguien nos invita a comer, no solamente recibimos: también buscamos ofrecer algo. En la Misa, Dios nos ofrece el sacrificio de Cristo y nosotros estamos llamados a responder ofreciendo nuestra propia vida.
La Eucaristía, por tanto, no puede reducirse a recibir. Es también una invitación a entregarnos. Cada Comunión nos recuerda que la vida cristiana consiste en responder al amor con amor, al sacrificio con entrega y a la misericordia recibida con una vida ofrecida a Dios.
Al finalizar su homilía, el padre Lombardo regresó nuevamente a María y a los mártires, y pronunció una última súplica llena de confianza: que, llegado el día de la muerte, la Virgen no falte.
“Perforado o no el cráneo”, recordó al pensar en aquellos mártires que dieron la vida por Cristo, “no me faltes tú, Madre mía, en ese día”. La petición es que María presente al creyente ante el Juez divino; que su belleza oculte la fealdad de nuestros pecados; que sus ruegos sean nuestro escudo; que su dignidad de Madre prevalezca sobre nuestra indignidad; que su manto nos cubra y que, en aquel momento definitivo, podamos ser contados entre sus hijos.
La peregrinación al Santuario de los Mártires Canadienses, celebrada bajo el signo de la Asunción, terminó así convirtiéndose en algo más que una jornada de encuentro entre comunidades. Fue una invitación a mirar la vida desde la eternidad.
La Asunción de María nos recuerda que nuestro destino último no es la muerte, sino la vida con Dios. La memoria de los mártires nos recuerda que la fe exige valentía y fidelidad. La Eucaristía nos enseña que el amor verdadero también sabe entregarse. Y la Virgen nos acompaña como Madre, especialmente en ese último momento que tantas veces tememos.
Quizás el mensaje más sencillo y profundo de esta celebración sea precisamente el que el padre Lombardo dejó a los peregrinos: aprender a vivir bien para aprender a morir bien. Porque tal como es nuestra vida, así será nuestra muerte. Y si cada Ave María que rezamos termina pidiendo a la Virgen que ruegue por nosotros “ahora y en la hora de nuestra muerte”, entonces cada día tenemos una nueva oportunidad para prepararnos, no con miedo, sino con esperanza.
“Un suspiro, Madre mía, solo un suspiro”.
Con esa oración, la celebración de la Asunción queda como una invitación a caminar confiados, sabiendo que María no se aleja de sus hijos al entrar en la gloria. Al contrario, desde el cielo permanece más cerca, como Madre que acompaña, intercede y conduce hacia su Hijo. Y ante la certeza de que algún día tendremos que cruzar el umbral de esta vida, queda también una petición que resume toda la esperanza cristiana: que en aquella hora María nos encuentre entre sus hijos y nos conduzca, de su mano, hacia la vida eterna.






















